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juni 7, 2026
La comprensión de la estructura social de un país es fundamental para el diseño de políticas públicas, la planificación urbana y las estrategias de desarrollo regional. En Chile, la metodología para clasificar a la población ha experimentado transformaciones profundas en los últimos años, alejándose de criterios puramente monetarios para integrar dimensiones sociales y educativas. Este cambio de paradigma refleja una realidad social más compleja, donde el ingreso ya no es el único determinante del estatus y la calidad de vida. La transición de un modelo basado únicamente en el ingreso per cápita hacia uno multivariado que incluye educación y ocupación, representa un hito en el análisis sociológico y económico del país.
La actualización de los Grupos Socioeconómicos (GSE) realizada conjuntamente por la Asociación de Investigadores de Mercado (AIM) y la Asociación Nacional de Avisadores (ANDA), utilizando como base los datos de la Encuesta de Caracterización Socioeconómica (CASEN) de 2022, ha redefinido el mapa social chileno. Esta nueva radiografía no solo clasifica a los hogares, sino que revela patrones de consumo, niveles de exclusión y la dinámica de movilidad social. El análisis de estos nuevos GSE permite entender cómo se distribuye el bienestar en la sociedad, identificando claramente la mayoría de la población que se encuentra en los estratos medios y vulnerables, frente a una minoría con alto poder adquisitivo y una fracción significativa en situación de vulnerabilidad extrema.
La precisión en la medición de los grupos socioeconómicos es el cimiento sobre el cual se construyen las estrategias de desarrollo y marketing. Históricamente, la segmentación en Chile se basaba en la rentabilidad individual o el ingreso familiar, una aproximación que resultaba insuficiente para captar la complejidad de la realidad social contemporánea. La nueva metodología, impulsada por AIM y ANDA, introduce un enfoque multidimensional que considera tres variables críticas: el ingreso per cápita del hogar, el nivel de educación formal del principal sostenedor del hogar y la ocupación del mismo.
Esta evolución metodológica es crucial porque reconoce que el estatus socioeconómico no es un atributo estático ni unidimensional. Al integrar la educación y la ocupación, el modelo captura no solo la capacidad económica inmediata, sino también el capital humano y la posición profesional, factores que determinan la estabilidad y la proyección futura de un hogar. La clasificación se realiza a nivel de hogar y no de individuo, lo que permite una visión más precisa de la unidad de consumo y toma de decisiones.
La base de datos de la encuesta CASEN es fundamental para este análisis. Al ser la encuesta pública más completa del país, tanto por su tamaño muestral como por la variedad de preguntas, ofrece una radiografía detallada que permite la segmentación en categorías específicas. La actualización de 2018 y los subsiguientes estudios han ajustado los umbrales de ingreso per cápita equivalente, considerando el número de integrantes del hogar, lo que hace que la clasificación sea más equitativa y representativa de la realidad de la carga familiar.
La integración de factores culturales, tecnológicos y emocionales en la evaluación de los hogares ha permitido refinar la segmentación. Por ejemplo, el acceso a internet y la capacidad de ahorro se han convertido en indicadores clave que distinguen a los grupos. Esta aproximación permite entender no solo cuánto gana un hogar, sino cómo gasta, qué consume y cómo se percibe a sí mismo en relación con la sociedad de consumo. La metodología actual, por tanto, no solo mide la riqueza, sino la calidad de vida en su sentido más amplio.
El análisis de la distribución de los hogares en los nuevos grupos socioeconómicos revela una estructura social donde los estratos medios son la mayoría, pero con matices importantes sobre la vulnerabilidad. Los datos indican que los grupos más numerosos son el D y el C3, que corresponden a la clase media vulnerable y la clase media baja, respectivamente. Juntos, estos grupos representan una proporción significativa de la población, reflejando la realidad de un país donde la clase media es la mayoría, pero una clase media que enfrenta presiones económicas y sociales.
El grupo E, conformado por los hogares más pobres del país, representa un porcentaje considerable de la población, evidenciando que, a pesar de las reducciones en la pobreza, aún existe un segmento significativo en situación de exclusión. Por otro lado, los grupos de mayor nivel socioeconómico, como el AB y el C1a, representan una minoría, aunque con una presencia notable en ciertas regiones, especialmente en Santiago.
La comparación entre la capital y el resto del país muestra disparidades regionales significativas. En Santiago, la proporción de hogares en los grupos de más altos ingresos (AB, C1a, C1b, C2 y C3) es mayor, mientras que el porcentaje de hogares de menores ingresos (D y E) es menor en comparación con el resto del territorio nacional. Esta diferenciación es vital para el diseño de políticas públicas, ya que las necesidades y capacidades de consumo varían drásticamente entre la capital y las regiones.
La evolución de los datos muestra que el estrato C3 ha desplazado al D como el grupo más numeroso del país, lo que indica un cambio en la estructura social donde la clase media baja se ha consolidado como el segmento dominante. El informe de AIM, que aumentó de siete a diez GSE medidos en función de sus niveles de ingresos, muestra que los estratos medios (C2 y C3) alcanzaron el 47% de la población. Este fenómeno se ha visto favorecido por la sostenida reducción de la pobreza en Chile, que según la última encuesta CASEN alcanza al 7,8% de la población, lo que ha permitido que más hogares asciendan a los niveles medios.
La siguiente tabla resume la distribución porcentual de los hogares en los principales grupos socioeconómicos según los estudios recientes:
| Grupo Socioeconómico | Denominación | Porcentaje de Hogares |
|---|---|---|
| AB | Clase Alta | 1,8% |
| C1a | Clase Media Acomodada | 6,0% |
| C1b | Clase Media Emergente | 6,3% |
| C2 | Clase Media Típica | 6,3% |
| C3 | Clase Media Baja | 24,7% |
| D | Clase Media Vulnerable | 36,0% |
| E | Clase Baja / Pobres | 14,0% |
Es importante notar que el grupo D es el más numeroso, seguido de cerca por el C3. Esto sugiere que la mayoría de los chilenos se encuentran en una posición de vulnerabilidad media, con ingresos que permiten cubrir necesidades básicas pero con poca capacidad de ahorro o acceso a bienes de lujo. El grupo E, aunque menor en porcentaje, representa a los hogares más excluidos, dependientes de ayuda social.
Los grupos de mayor nivel socioeconómico se distinguen por su alta capacidad de ahorro, bajo nivel de endeudamiento y acceso a canales de consumo modernos. El grupo AB, que corresponde al 1,8% de los hogares de mayor poder adquisitivo, presenta un ingreso promedio del hogar de $7.177.530. Una característica definitoria es el nivel educativo: el 98% de los sostenedores de estos hogares tiene un nivel de estudios universitario o superior completo. Además, el 100% de los sostenedores trabaja en cargos directivos en empresas o son profesionales de alto nivel. Este grupo concentra el mayor gasto, el menor nivel de endeudamiento y la mayor capacidad de ahorro.
El grupo C1a, que representa al 6,0% de los hogares, tiene un ingreso promedio del hogar de $3.010.391. Al igual que el grupo AB, el 93% de los sostenedores posee estudios universitarios completos. Este segmento, junto con el C1b (clase media emergente), forma la base de la clase media acomodada y emergente, caracterizada por una mayor estabilidad económica y un patrón de consumo más diversificado.
El grupo C2, o clase media típica, representa un 6,3% de los hogares. Este grupo, junto con el C3, constituye el núcleo de la clase media chilena. Estos segmentos muestran una mayor capacidad de acceso a servicios y bienes, pero también enfrentan presiones económicas que limitan su capacidad de ahorro en comparación con los grupos superiores. El uso de canales online para comprar está presente principalmente en los niveles ABC1 y C2, lo que indica una adopción tecnológica más avanzada en estos estratos.
La distinción entre los grupos medios y altos no radica solo en el ingreso, sino en la calidad de vida y la seguridad económica. El grupo ABC1 (que agrupa a AB, C1a y C1b) alcanza el 16% de la población, representando a los hogares con mayor capacidad de consumo y ahorro. Este grupo se caracteriza por un ticket promedio de compra de $37.000, significativamente superior al de los grupos bajos.
Los grupos D y E representan la cara más compleja de la estructura social chilena. El grupo D, con un 36,0% de los hogares, y el grupo C3, con un 24,7%, son los segmentos más numerosos, lo que indica que la mayoría de la población se encuentra en una situación de vulnerabilidad económica. Estos hogares tienen un ingreso limitado y dependen en gran medida de la ayuda social o de préstamos informales.
El grupo E, que representa al 14,0% de los hogares, es el segmento más excluido. Estos hogares gastan aproximadamente $299.000 CLP al mes y tienen un ticket promedio de $14.000. La característica más crítica de este grupo es la falta de acceso regular a internet y a canales modernos de venta. Su consumo se limita a productos esenciales como pan, arroz o legumbres. La percepción de exclusión es fuerte: el 60% de los hogares en los segmentos D2 y E siente que la publicidad no les habla y que no forman parte de la sociedad de consumo.
El gasto en alimentos es un indicador clave de la presión económica. En el segmento E, el gasto en alimentos representa el 61% del gasto mensual total, lo que indica que la mayor parte de sus recursos se destina a la subsistencia básica. En contraste, en el segmento ABC1, el gasto en alimentos solo representa el 19% del gasto mensual, lo que refleja una capacidad de ahorro y consumo de bienes no esenciales mucho mayor.
Los segmentos D2 y E son los más endeudados y los que menos sienten pertenencia a la sociedad de consumo. Esta situación de vulnerabilidad se ve agravada por la falta de acceso a tecnología y canales digitales, lo que limita sus oportunidades de mejora económica. La dependencia de ayuda social y préstamos informales es una característica definitoria de estos grupos, que luchan por mantener un nivel de vida básico.
La comparación de los patrones de consumo entre los grupos revela diferencias abismales. Mientras los grupos altos tienen acceso a una amplia gama de productos y servicios, los grupos bajos se limitan a lo esencial. El ticket promedio varía drásticamente, desde los $37.000 en ABC1 hasta los $14.000 en E. Esta brecha de consumo refleja no solo la diferencia de ingresos, sino también la diferencia en la calidad de vida y el acceso a oportunidades.
La segmentación socioeconómica no solo describe la situación económica actual, sino que también revela cómo los diferentes grupos perciben su lugar en la sociedad y cómo interactúan con el mercado. El análisis de los patrones de consumo muestra que el gasto en alimentos decrece proporcionalmente con el nivel socioeconómico. Esto significa que a medida que el ingreso aumenta, el porcentaje del gasto dedicado a la alimentación disminuye, liberando recursos para otros bienes y servicios.
El acceso a internet y a canales de venta modernos es un factor diferenciador crucial. El uso de canales online para comprar está presente principalmente en los niveles ABC1 y C2. Esto indica que la brecha digital es también una brecha de consumo, donde los grupos de menores ingresos quedan excluidos de la economía digital y de las oportunidades de compra en línea.
La percepción de exclusión es un fenómeno psicológico y social importante. El 60% de los hogares en los grupos D2 y E siente que la publicidad no es para ellos y que no forman parte de la sociedad de consumo. Esta sensación de exclusión refuerza la desconexión entre los grupos bajos y el mercado, limitando su capacidad de ascenso social. Por el contrario, los grupos ABC1 concentran el mayor gasto y la mayor capacidad de ahorro, lo que les permite mantener un estilo de vida de mayor calidad y estabilidad.
La comparación entre los grupos muestra que los segmentos medios y altos tienen una mayor capacidad de ahorro y menor endeudamiento, mientras que los segmentos bajos son los más endeudados. Esta diferencia en la salud financiera es un indicador clave del bienestar y la seguridad económica de los hogares.
La comprensión detallada de los grupos socioeconómicos es fundamental para el diseño de políticas públicas efectivas. La distribución de los hogares en los diferentes estratos revela necesidades específicas que requieren intervenciones diferenciadas. Por ejemplo, la alta proporción de hogares en los grupos D y C3 sugiere que las políticas de protección social y de fomento al empleo deben estar dirigidas a estos segmentos para evitar su caída hacia la pobreza extrema.
La disparidad regional es otro aspecto crítico. En Santiago, la proporción de hogares de altos ingresos es mayor, mientras que en el resto del país la presencia de hogares de bajos ingresos es más significativa. Esto implica que las políticas de desarrollo regional deben ser adaptadas a las realidades locales, considerando que las necesidades de la capital son diferentes a las de las regiones.
La reducción de la pobreza, que ha alcanzado el 7,8% de la población según CASEN, ha permitido el crecimiento de los estratos medios. Sin embargo, la persistencia de un segmento significativo en los grupos D y E indica que el desafío de la desigualdad sigue siendo relevante. Las políticas deben enfocarse en fortalecer la clase media vulnerable (C3 y D) para evitar que caigan en la pobreza extrema (E).
El acceso a la educación y la ocupación son variables clave que deben ser promovidas para facilitar el ascenso social. La metodología actual, que integra educación y ocupación, resalta la importancia de estos factores para la movilidad social. Las políticas públicas deben, por tanto, no solo enfocarse en el ingreso, sino también en la mejora de las capacidades humanas y el acceso a oportunidades laborales de calidad.
La segmentación de los grupos socioeconómicos también tiene implicaciones para el sector privado y el marketing. La comprensión de los patrones de consumo y la percepción de exclusión permite diseñar estrategias más efectivas. Sin embargo, el enfoque debe ser ético y orientado al bienestar social, evitando la explotación de la vulnerabilidad de los grupos bajos.
La nueva cartografía de los grupos socioeconómicos en Chile revela una sociedad en transformación, donde la clase media es la mayoría, pero con una base amplia de vulnerabilidad. La metodología actual, al integrar ingreso, educación y ocupación, ofrece una visión más completa de la realidad social, permitiendo identificar no solo la situación económica, sino también la calidad de vida y la percepción de pertenencia. Los datos muestran que los grupos D y C3 son los más numerosos, reflejando una clase media bajo presión, mientras que los grupos AB y C1 representan una minoría con alto poder adquisitivo. La brecha en el gasto en alimentos, el acceso a tecnología y la percepción de exclusión son indicadores críticos que deben ser considerados en el diseño de políticas públicas y estrategias de desarrollo. La reducción de la pobreza ha permitido el crecimiento de los estratos medios, pero el desafío de la desigualdad y la exclusión social sigue presente, requiriendo intervenciones precisas y diferenciadas para promover una sociedad más justa y equitativa.