El Horizonte del Biobío: Un Recorrido Exhaustivo por el Patrimonio, la Naturaleza y la Identidad de Concepción
juni 11, 2026
La celebración de la Cruz de Mayo en la región de la Araucanía constituye un testimonio vivo y constante de la identidad cultural, religiosa y comunitaria del sur de Chile. Aunque su raíz más profunda se encuentra en las prácticas religiosas de origen cristiano, su evolución en el territorio mapuche y los pueblos campesinos ha dado lugar a una tradición popular que trasciende lo meramente devocional para convertirse en un símbolo de pertenencia, solidaridad y herencia colectiva. En el corazón de esta región, especialmente en comunidades como Perquenco y en la ciudad de Villarrica, la costumbre de levantar cruces, cantar en torno a ellas, y recorrer los hogares con velas y canciones ha sobrevivido durante siglos, a pesar de los cambios sociales, políticos y culturales que han marcado la historia del país. Este artículo explora el significado histórico, religioso y social de la Cruz de Mayo en la Araucanía, con enfoque especial en su presencia y vigencia en el municipio de Villarrica, basado exclusivamente en la información disponible en las fuentes oficiales y de interés público.
La tradición de la Cruz de Mayo tiene raíces que se remontan a los primeros tiempos del cristianismo. Según un relato ampliamente difundido en la tradición católica, la Santa Cruz fue descubierta por la emperatriz Santa Elena, madre del emperador Constantino, en una búsqueda que tuvo éxito en Jerusalén. Este hallazgo se conmemora anualmente el 2 de mayo, fecha en que se celebra en la Iglesia Católica una liturgia especial en honor a la Santa Cruz. Este hecho religioso es la base del origen más profundo de la tradición que, con el tiempo, se extendió por América Latina.
En el contexto de la Araucanía, la devoción a la Cruz de Mayo tuvo un doble matiz: el religioso y el misionero. Durante la etapa de la evangelización, los misioneros católicos, al no dominar los idiomas indígenas, buscaron formas visuales y simbólicas para transmitir sus enseñanzas. La cruz, como símbolo central del cristianismo, se convirtió en el principal instrumento de este mensaje. En muchas zonas de la Araucanía, especialmente en lugares donde las misiones fueron instaladas en colinas o puntos visibles, se levantaron cruces para señalar el lugar sagrado y atraer la atención de las comunidades. Esta práctica se extendió con el paso del tiempo y se fusionó con las costumbres locales, dando lugar a una celebración popular que, aunque tenía un fundamento religioso, adquirió un matiz comunitario y social significativo.
Según el testimonio de fuentes locales, la tradición de la Cruz de Mayo en la Araucanía se mantuvo con fuerza en zonas como Perquenco, donde el alcalde Luis Alberto Muñoz destacó el entusiasmo de las familias por preparar sus luminarias y comparsas. Esta participación activa de la población, especialmente de niños, jóvenes y adultos mayores, demuestra que el ritual no es solo una costumbre pasada, sino un acto de pertenencia que se renueva cada año. La presencia de las cruces, iluminadas con velas encendidas, en las veredas y caminos de las comunidades, es un símbolo visual de que la tradición no solo se mantiene, sino que vive con fuerza en el presente.
Además, la celebración no se limita a un solo acto, sino que implica una serie de actividades. Los niños y jóvenes recorren las casas de sus vecinos con cantos tradicionales, como el famoso “¡Que viva la cruz de mayo!”, y piden limosnas en forma de alimentos, dinero o objetos útiles. Esta práctica, que tiene una clara función social, permite no solo recaudar recursos, sino también fortalecer los lazos comunitarios. El agradecimiento final, con frases como “muchas gracias… por la limosna que ha dado”, refuerza el carácter solidario de la costumbre.
En la región de la Araucanía, la Cruz de Mayo no es una celebración aislada, sino parte de un patrón cultural más amplio que incluye otras manifestaciones populares, como el bordado, el teatro para adultos mayores, el yoga y talleres de plantas medicinales. Estas actividades, muchas de las cuales se organizan en el marco del Mes del Patrimonio Cultural, refuerzan la identidad local y promueven la participación ciudadana en torno a la herencia cultural viva.
El Museo Regional Araucanía, como centro de promoción cultural, ha sido un pilar en la conservación y difusión de estas tradiciones. En mayo de 2017, por ejemplo, el museo organizó una serie de talleres que incluyeron: manualidades con bordado, punto cruz, crewel y palillo; danzas circulares; teatro para adultos mayores; y clases de yoga. Estos eventos no solo permitieron a los ciudadanos conocer y practicar estas artesanías, sino que también crearon espacios de encuentro y convivencia. El hecho de que muchos de estos talleres tuvieran un costo simbólico de $1.500 para las monitores o monitores muestra que se busca fomentar la autonomía y el reconocimiento al trabajo comunitario.
Asimismo, el taller de “Desenterrando el conocimiento” sobre plantas medicinales, como el laurel y el canelo, tuvo una importancia simbólica y práctica. En una época en que el conocimiento tradicional sobre el uso de plantas en la salud se ve amenazado por el avance de la medicina convencional, este tipo de actividades son esenciales para preservar saberes ancestrales. Al enseñar a las personas a identificar, cultivar y usar infusiones con fines preventivos o curativos, el taller se convierte en un acto de resistencia cultural frente a la pérdida de la sabiduría popular.
Este enfoque integral del patrimonio cultural —que combina lo material, lo simbólico y lo vivo— es lo que permite que la Cruz de Mayo no sea solo una conmemoración, sino una experiencia viva. El hecho de que se realicen actividades paralelas, como el teatro para adultos mayores o las danzas en círculo, indica que la tradición se vive en toda su amplitud, no solo en el acto de llevar la cruz. Así, la celebración del 2 de mayo no es un evento aislado, sino el pico de un fenómeno cultural que se extiende a lo largo del mes, con actividades que fortalecen la cohesión social y la memoria colectiva.
Más allá de la tradición religiosa y popular, el territorio de la Araucanía alberga también una memoria histórica y simbólica profunda, representada en el Camino Internacional Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux. Desde el 21 de junio de 2006, la Ruta Internacional S-199, que une Freire, Villarrica y Mamuil-Malal, lleva este nombre en homenaje al ilustre sacerdote y misionero que dedicó su vida a la evangelización y al servicio de las comunidades mapuche.
La cruz que se alza en la intersección de los caminos que van de Pucón a Caburgua y a Curarrehue, en el Camino de la Paz, es un símbolo vivo de este legado. Creada por el escultor Francisco Gazitúa y inaugurada en 2013, la cruz fue el resultado de un proceso legal y ciudadano. La Ley de la República N° 20.188, publicada el 17 de mayo de 2007, autorizó la erigir un monumento a la memoria de monseñor Valdés en la Ruta S-199, lo que refleja el reconocimiento oficial del aporte de este sacerdote a la historia de la región.
El hecho de que Correos de Chile haya emitido dos sellos postales en 2008 para conmemorar el centenario del nacimiento de monseñor Valdés subraya la importancia que tiene esta figura en el imaginario colectivo del país. La emisión de estos sellos, que se convirtieron en objetos de coleccionismo y de recuerdo, es un testimonio del reconocimiento nacional a su obra.
Esta presencia simbólica tiene un matiz significativo para la Cruz de Mayo. Si bien el acto de llevar una cruz el 2 de mayo no está directamente ligado a la figura de monseñor Valdés, su presencia en el paisaje y su memoria como figura de servicio, justicia y fe, contribuyen a fortalecer el valor cívico y espiritual de la tradición. Al estar presente en una ruta de tránsito constante, la cruz de Valdés sirve como recordatorio de que la fe, la memoria y el servicio al prójimo no son solo cuestiones del pasado, sino valores que deben vivirse en el presente.
La historia de la Araucanía está marcada por un conflicto profundo y prolongado, que se extendió desde el siglo XIX hasta épocas recientes. En este contexto, la Cruz de Mayo adquiere un matiz adicional: el de resistencia cultural. En el año 1881, por ejemplo, se registraron importantes enfrentamientos entre las fuerzas del ejército chileno y los pueblos mapuche. Durante ese año, se produjo una peste de viruela que diezmó las fuerzas mapuche, y en noviembre se registró la “masacre de Temuco”, uno de los episodios más crueles de la ocupación de la Araucanía. A pesar de estos sucesos, las comunidades no abandonaron sus creencias, sus costumbres ni sus símbolos.
La cruz, como símbolo de fe y esperanza, se convirtió en un ícono de supervivencia. Aunque no hay pruebas directas en las fuentes de que la Cruz de Mayo se celebrara en esos tiempos, su persistencia hasta el siglo XXI indica que, más allá de los cambios políticos y sociales, la tradición resistió y se reinventó. En el caso de Perquenco, donde el alcalde destacó el entusiasmo familiar, se puede inferir que esta tradición no es una mera recreación, sino una herencia viva que se transmite de generación en generación.
Además, el hecho de que la Cruz de Mayo se mantenga con fuerza en zonas como la capital regional, Temuco, y en comunidades rurales como Perquenco, indica que el patrimonio cultural no es solo un asunto de museos o festivales, sino un pilar del quehacer cotidiano. La presencia de la cruz, la canción, el canto, el recorrido, la recaudación de limosnas, todo esto forma parte de un sistema simbólico que ha sobrevivido a la opresión, al olvido y a la modernización acelerada.
Este aspecto es clave para entender por qué la Cruz de Mayo no es una mera costumbre festiva, sino una manifestación de identidad. Al cantar la canción de la Cruz de Mayo, al llevar la cruz en la espalda, al pedir limosna con sonrisa y agradecimiento, los participantes no solo conmemoran un hecho religioso, sino que también afirman su pertenencia a una comunidad que ha resistido el paso del tiempo.
La verdadera fuerza de la Cruz de Mayo está en su carácter colectivo y participativo. No se trata de un evento que se vea desde lejos, sino de una experiencia que se vive en primera persona. En Perquenco, por ejemplo, el alcalde destacó el entusiasmo de las familias por preparar sus luminarias y comparsas. Esta participación no es espontánea, sino el resultado de un proceso educativo y cultural que ha ido fortaleciendo la tradición a lo largo de los años.
Asimismo, las actividades organizadas por el Museo Regional Araucanía en mayo de 2017 —como los talleres de teatro para adultos mayores, yoga, bordado y plantas medicinales— demuestran que la cultura viva no se limita a los festivales, sino que se extiende a la vida cotidiana. Estos espacios no solo permiten el aprendizaje, sino también la creación de vínculos entre vecinos, entre generaciones, y entre personas de distintos estratos sociales.
El hecho de que muchos de estos talleres tengan un costo simbólico de $1.500 para los monitores o monitores indica que se busca reconocer el trabajo humano y fomentar la autonomía económica de quienes se encargan de guiar estas experiencias. Este enfoque es clave para que la tradición no se convierta en un mero entretenimiento, sino en un acto de dignidad y pertenencia.
Además, el hecho de que la Cruz de Mayo siga viva en comunidades rurales y en ciudades pequeñas indica que la cultura local no está en peligro. Al contrario, está siendo recuperada y fortalecida. El hecho de que haya líderes comunitarios, como el alcalde de Perquenco, que destaquen públicamente la importancia de esta tradición, es un indicador de que las autoridades locales reconocen su valor y están dispuestas a protegerla.
La Cruz de Mayo en la Araucanía no es solo una tradición religiosa o festiva, sino un fenómeno cultural, comunitario y simbólico que ha resistido los rigores del tiempo. Desde sus orígenes en el cristianismo hasta su evolución en las comunidades mapuche y rurales del sur de Chile, la celebración ha ido adaptándose sin perder su esencia. Su presencia en el municipio de Villarrica y en comunidades como Perquenco demuestra que no es una costumbre desaparecida, sino una herencia viva que se renueva todos los años.
El soporte institucional, como el Camino Internacional Monseñor Francisco Valdés Subercaseaux y la presencia de Correos de Chile, refuerza el valor que tiene esta tradición en la memoria colectiva. Asimismo, las actividades paralelas, como los talleres culturales organizados por el Museo Regional Araucanía, muestran que la cultura viva no está restringida a los museos, sino que forma parte del quehacer diario de las comunidades.
En un mundo donde las tradiciones se ven amenazadas por el avance de la tecnología y la globalización, la Cruz de Mayo en la Araucanía es un ejemplo de cómo las comunidades pueden preservar su identidad a través de la acción colectiva, el respeto mutuo y la memoria compartida. Su supervivencia no es un milagro, sino el resultado de un esfuerzo constante, que merece ser reconocido, protegido y celebrado.